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  • juliángrijalba

Una exploración transcontinental del paisaje sonoro urbano. Antecedentes y perspectivas de futuro

Actualizado: abr 27


En la ciudad, de seguro, la gente detesta el ruido del tráfico o las fiestas a todo volumen en medio de una noche de descanso, pero ¿de verdad todo está tan mal? Tal vez no, o no tan mal, y para intentar responder al interrogante, hay que recurrir al concepto del paisaje sonoro urbano; pues este nos invita a superar la visión negativista de “la ciudad ruidosa” y nos permite voltear la mirada hacia esas otras experiencias sonoras que tambien pueden ser positivamente aceptadas por la ciudadanía.


Caminar la ciudad y prestar especial atención a lo que se escucha, puede llegar a ser muy intrigante y revelador. Así, a través de «caminatas sonoras», es como en cierta medida he visitado varias ciudades del mundo en los últimos años. Pero, antes de llegar a ese punto, hablemos brevemente de Popayán: mi ciudad natal, de no más de 300.000 Hab, localizada en la región andina más suroccidental de Colombia. Podríamos decir, de entrada, que, dicha posición geográfica es todo un privilegio, pues es la razón por la cual Popayán (Colombia) es un área urbana permeada por ecosistemas naturales de gran biodiversidad. En efecto, basta solo con recorrer sus parques urbanos en horas tempranas de la mañana para darse cuenta de ello y es que ahí, en esos lugares y en esos momentos específicos, se reúnen y resuenan constantemente decenas de cantos de aves que cualquiera confundiría con una «sinfonía ambiental». En suma, resulta, aún más paradójico, que, a muy poca distancia de esos entornos tan tranquilos y serenos, se encuentren las vías llenas de tráfico, de transeúntes hablando e inclusive gritando, y de decenas de otros sonidos que solo contribuyen a conformar el paradigma de la típica y ruidosa ciudad latinoamericana.

Casco histórico de Popayán (Colombia). En la esquina inferior derecha se observa el parque Francisco José de Caldas, el parque principal de la ciudad. Fotografía de archivo del Centro de Estudios Urbanos, UNIMAYOR.

En todo caso, más allá de los confines de la Popayán descrita, volvamos al punto de partida para aproximarnos a otros tipos de caminatas sonoras, en otras latitudes, que valen la pena mencionar. La ciudad de Panamá (Panamá) es un buen ejemplo para proseguir. En ella, se encuentra ubicada la Calzada de Amador, que es una vía que conecta el área continental de la ciudad con tres islas del océano Pacífico (Naos, Perico y Flamenco). En las inmediaciones de esa vía está emplazado el Museo de la Biodiversidad, diseñado por el arquitecto de fama mundial Frank Ghery, y en el sector más posterior de dicho museo, se brinda libre acceso al Parque de la Biodiversidad: un parque lineal de cerca de un kilómetro y medio de extensión. Al recorrer este parque, se puede apreciar un verde predominante, jardines y vegetación por todas partes, así como también se escuchan con frecuencia muchos sonidos naturales, las aves, de nuevo, pero al mismo tiempo se escucha el viento moviendo las ramas de los árboles y el crujir de las hojas caídas mientras se camina sobre ellas. En verdad, el lugar es una burbuja de relajación y aislamiento acústico ante el molesto y amenazante bullicio urbano. Tanto así, que, al salir de sus cercanías, la pérdida del estado de calma que provee el parque es más que evidente, a causa, sobre todo, de la presencia del flujo del transporte público y privado que circula en las zonas aledañas.


Asimismo, otra experiencia sonora destacable es la que tuve en la ciudad de Nueva York (Estados Unidos). En esta ciudad, el Empire State que es un hito urbanístico de obligatorio paso, fue uno de mis destinos priorizados y su visita terminó, entre otras cosas, en el mirador de ese rascacielos sobre poco más de 100 pisos de altura. Ahora bien, aunque escuchar una ciudad desde esa perspectiva no es precisamente una caminata sonora, conviene anotar que desde esa altura es realmente posible tener la impresión global del paisaje sonoro de la gran manzana; un sonido de fondo, vibrante, difuso a la vez, y con las sirenas de los servicios de emergencia que ocasionalmente aparecían y luego volvían a opacarse en la lejanía del sonido neoyorkino. De hecho, luego de un par de minutos en esa contemplación (sonora paisajística), uno comienza a preguntarse si en algún momento el rey de los gorilas aparecerá de la nada, rugiendo y escalando el Empire State, pero siendo honestos; todos sabemos que eso es solo ficción.

Vista desde el mirador del Empire State en la ciudad de Nueva York (Estados Unidos). Fotografía de Ben White en Unsplash.

En fin, continuando, se podría nombrar aquí a la única y emblemática Venecia (Italia). Una ciudad del sur de Europa, localizada en la mitad de una laguna costera al norte del Mar Adriático, con una historia milenaria y un patrimonio monumental y artístico invaluable. Llegar a esa ciudad y ver que todo su sistema vial era acuático y no terrestre, fue para mí, y lo confieso, bastante desconcertante. Efectivamente, debido a la estructura acuática preponderante, la alternativa de caminar, algo que hicimos de sobra junto a la artista Ivana Blanco Gross y su pareja el Prof. Richard Chahine, era generalmente mucho mejor que la opción de «andar en el agua», ya fuera en el Vaporetto, el transporte público del lugar, o en cualquier otro tipo de embarcación que transitara en los cientos de canales acuáticos dispuestos en la ciudad entera. Cabe resaltar que además de dichos canales acuáticos también se observaron muchos puentes peatonales, que garantizaban la conectividad peatonal de toda el área. De ese modo, entre una y otra caminata, varias se lograron focalizar en la escucha atenta del paisaje sonoro veneciano y, particularmente, me sorprendió como el sonido del agua que golpeaba constantemente los bordes de las aceras peatonales era, en gran parte, muy reconfortante. Obviamente, el apacible sonido del agua en una ciudad como Venecia debía ser el más dominante, y lo era, aunque naturalmente otros sonidos más disruptivos también salieron a flote: el equipaje de ruedas siendo arrastrado por turistas que atravesaban el Puente de la Construcción de Santiago de Calatrava; o los motores de las diferentes embarcaciones que transitaban en los alrededores, fueron algunos casos notables.

El Gran Canal de Venecia (Italia). Este es el canal acuático de mayor envergadura de la ciudad. Fotografía de Rebe Adelaida en Unsplash.

Antes de dejar al viejo continente europeo, hubo dos situaciones que se archivaron en mi memoria sonora: por un lado, las gaitas gallegas de la plaza de la Catedral de Santiago de Compostela en España, como consecuencia de una visita insoslayable que con mi amigo y colega, Germán Chamorro, debíamos hacer a nuestro mentor, Prof. Valerià Paül; y, por otro lado, el sonido potente, edificante y electrónico del A State Of Trance en Holanda, algo que claramente será parte de otra historia mucho más artística y musical, y que para ello, seguramente, pediré ayuda a mis buenos amigos de viaje Tomas Juzepavičius y Rachel Agyefron.


Así pues, como DJ/Productor, arquitecto e investigador en paisaje sonoro urbano, las caminatas sonoras que he realizado traspasando las fronteras de varias naciones, me han abierto la mente y los oídos. El planeamiento y el diseño urbano solo se preocupan por mitigar el ruido producido por el transporte público y la industria, y omiten frecuentemente los sonidos sutiles, interesantes e identitarios que se producen en las ciudades. En Europa y Estados Unidos, por ejemplo, el motor de combustión interna empieza a desaparecer y el desvanecimiento de la niebla acústica del transporte motorizado dará paso a que emerja otro tipo de sonido urbano. Por su parte, América Latina aún tiene un camino largo por recorrer, si quiere estar alineada a ese mismo escenario. No obstante, en cualquiera de los casos, una vez el ruido del tráfico disminuya, cabe preguntarse: ¿si será que nos gustará lo que escuchemos? y, en el largo alcance, ¿podremos equilibrar la balanza de los múltiples sonidos de la ciudad para garantizar un paisaje sonoro urbano favorable? Esperemos que sí y, por tal motivo, ahora más que nunca debemos reflexionar sobre cómo queremos que suenen las ciudades del futuro.


En el pasado, la investigación del paisaje sonoro urbano era, en palabras más palabra menos, muy simplista. Básicamente, se dedicaba a medir el ruido de la calle en decibelios y luego, de forma generalizada, se hacía una que otra encuesta a la población para complementar la información recolectada. Sin embargo, más adelante, se comenzaron a usar sonidos de la ciudad previamente grabados, con el fin de que personas en laboratorios de audio identificaran cuales eran los sonidos más o menos molestos. De ese modo, se empezó a profundizar, en cierto grado, en la relación entre los niveles de ruido generados y la consecuente respuesta perceptual por parte de las personas. Asimismo, otros intentos similares se siguieron haciendo y algunos estudios optaron inclusive por trabajar directamente con las personas in situ. Lo anterior, refleja que son y, con seguridad, me atrevo decir que siguen siendo varios los esfuerzos realizados en función de profundizar en la comprensión del paisaje sonoro de la ciudad.


La respuesta humana al sonido es una cuestión de alta complejidad y su estudio representa un reto enorme que, en definitiva, no se resuelve solo con captar los decibelios que produce un paisaje sonoro en particular. Aun así, la mera medición física sigue siendo el común denominar en la normativa local e internacional que se aplica en la mayoría de las ciudades. Los mapas de ruido ilustran lo malo que puede llegar a ser el enfoque sesgado y/o reduccionista del ruido urbano. Generalmente, dichos mapas se realizan mediante computadoras de costos exorbitantes, que al final se parecen a mapas de carreteras pintados de diferentes y variados colores. Inclusive, se bromea con que podría ser más práctico usar únicamente un mapa base y pintar de rojo las carreteras con mucho tráfico y de azul las calles más tranquilas. No obstante, los mapas de ruido tienen cierta repercusión en la política urbana. Bien que mal, ayudan a que el ruido sea tomado más en serio y es que esto es más que necesario. Sobradamente, se conoce que los efectos adversos del ruido en el bienestar social de la población son innegables: alteración del sueño, aumento de los niveles de estrés, perdida del rendimiento y la concentración mental, y problemas cardiovasculares asociados a insuficiencias cardiacas, son solo algunos ejemplos por nombrar. En tal sentido, el enfoque integrador del paisaje sonoro entendido como las diversas formas en que se perciben las señales del entorno acústico de la ciudad, es, en la actualidad, una herramienta mucho más eficaz en la gestión y mitigación de la contaminación acústica que producen los asentamientos humanos.


El problema de la medición acústica que no distingue entre sonidos «negativos» y «positivos», se ve reflejado en el sonido que produce un grupo de jóvenes teniendo un pícnic a las orillas de la isla de Manhattan, en el sonido generado por un par de niños divirtiéndose felizmente en una de las plazas de Venecia o en el alegre sonido del tranvía en Manchester; cualquiera de los cuales podría exceder con facilidad el límite de 55dB(A) fijado por la Organización Mundial de la Salud. Con base en ello, cada vez más se recomienda tomar en consideración los sonidos positivos asociados a los diversos paisajes sonoros de la ciudad, de modo que desde el planeamiento y diseño urbano se potencialice su producción y diversificación.


Jovenes disfrutando de una tarde a la orilla del río Hudsun en la isla de Manhattan. Piensen en cómo sonaría ese lugar. Fotografía de Mason Dahl en Unsplash.

En particular, las ciencias sociales suelen abordar la cuestión del sonido urbano mediante caminatas sonoras y grupos focales, con la intención de capturar la respuesta emocional al sonido. Otros desarrollan algoritmos informáticos para modelar las reacciones de las personas y contrastarlas con otras determinantes, como la edad, el género y la identidad cultural del oyente. También es común medir aspectos psico-acústicos de las señales de audio, como el equilibrio entre los agudos y los graves o si tiene una calidad tonal diferenciada. Los estados de ánimo evocados por determinados sonidos son igualmente aprovechados y se examinan a través de oyentes que completan cuestionarios previamente diseñados para tal fin. Así, a medida que crece la complejidad de esos modelos de análisis y evaluación, crece al mismo tiempo las posibilidades de encontrar mejores soluciones a la amenaza que representa la acelerada degradación del paisaje sonoro urbano. Imaginemos, por un instante, un modelo de evaluación y gestión del paisaje sonoro que integre todos sus factores más relevantes: los espaciales, los temporales, los físicos, los perceptuales, afectivos y emocionales. Muy probablemente, con todos estos factores interconectados, se podrían tomar decisiones más acertadas para la creación de paisajes sonoros más sanos y equilibrados para la ciudadanía.


Ahora bien, si profundizamos aún más en el asunto, hay que agregar a la discusión que un paisaje sonoro urbano extremadamente silencioso, tampoco es necesariamente un indicador de calidad de vida para la población. Entonces, si se logran eliminar los sonidos más molestos y predominantes de la ecuación (el tráfico rodado, aéreo, ferroviario y las industrias), ¿cuál sería el camino que deberíamos seguir? ¿cuáles serían los nuevos sonidos que se debierían incluir? América Latina podría aportar algunas consideraciones al respecto.


Como es sabido, las ciudades latinoamericanas son aparentemente ruidosas, pero en medio de esa amalgama de múltiples sonidos que aparecen y desaparecen caóticamente en todo lugar y en todo momento, se producen también paisajes sonoros «tranquilos y vibrantes». Esto que parece una contradicción en sí misma, puede llegar a tener, en realidad, mucho sentido. Solo basta con sopesar el hecho de que una ciudad se nutre de su propia vitalidad. Una plaza urbana, por poner por caso, debe tener algo de actividad: el carrito de helado tocando su música más tradicional, las patinetas de los jóvenes chocando sobre en el piso o alguna que otra conversación de los peatones recorriendo el lugar. Todo ello debería valorarse como parte de la riqueza audible de la ciudad y es que, al final, lo que realmente se quiere evitar es el sonido intrusivo, es decir; está bien, por ejemplo, escuchar al músico callejero en la plaza, pero lo que no está bien es que el músico esté todo el tiempo repitiendo la misma canción a volúmenes excesivos y sin intención de detenerse en algún momento. En concreto, la cuestión aquí se reduce a la necesidad de alterar del espacio urbano construido, con el propósito de que se modifiquen las formas en que las personas usan e interactúan en ese espacio y que esto, en consecuencia, se realice pensando siempre en velar por la producción de paisajes sonoros más adecuados para la ciudad y sus habitantes.


Conviene adicionar que las tecnologías de vanguardia pueden ayudar considerablemente en la exploración del paisaje sonoro urbano. La realidad virtual es una de las vías más prometedoras, puesto que permite indagar de manera realista los paisajes sonoros antes de construirlos. Sobra decir, que los arquitectos solemos modelar sofisticados recorridos virtuales de los diseños urbanos que proyectamos, pero son, por lo general, completamente silenciosos. Por tanto, esto representa una oportunidad para que desde la investigación se empiece a ratificar esa debilidad y se incluya al sonido en los procesos de planeamiento y diseño de la ciudad, como previamente lo hemos defendido.

En la lógica de la cooperación interdisciplinar están las oportunidades para construir acertadamente la ciudad sónica del futuro. Julián Grijalba desde el Centro de Estudios Urbanos, UNIMAYOR.

El sonido urbano no puede ser encasillado en un par de decibelios. En verdad, es prioritario reconocer también que ese sonido tiene una estética, otra connotación, y en el momento en que sepamos con exactitud que la gobierna, se podrá trabajar de manera más efectiva para garantizar la creación de paisajes sonoros altamente aceptados por la ciudadanía. De forma similar al mundo visual, el universo sonoro de una ciudad podrá ser solo bien construido si se trabaja desde una teoría interconectada entre las ciencias sociales, la cultura, la psicología, la ingeniería y la física. Así, con suerte, al concebir la estética del sonido de la ciudad junto a todos sus matices y al utilizar la mejor tecnología que podamos tener en nuestras manos, estaremos cada vez más cerca de la utopía del paisaje sonoro urbano deseado.


- Por Julián Grijalba


[La anterior entrada se realizó con motivo de la financiación recientemnte obtenida para el proyecto «LA EVALUACIÓN ESPACIOTEMPORAL DEL PAISAJE SONORO URBANO MEDIANTE TÉCNICAS CARTOGRÁFICAS Y REALIDAD VIRTUAL. UN ESTUDIO EN LA CIUDAD DE POPAYÁN (COLOMBIA)». Este proyecto es liderado por el Prof. Julián Grijalba, adscrito al Centro de Estudios Urbanos de la UNIMAYOR y la financiación obtenida proviene del Ministerio de Ciencias del Gobierno de Colombia.]




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